Manu Pijierro El blog

Austeridad: relación con lo material.

Publicado el 05 de julio de 2026 por Manu Pijierro


Imagen representativa del concepto austeridad y relación con lo material

«Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco».

Este aforismo anterior, atribuido a San Francisco de Asís, resume bastante bien el punto de partida de este capítulo y uno de los pilares básicos de toda mi filosofía de vida, resumiendo perfectamente mi relación con el mundo exterior.

Después de hablar en el capítulo anterior sobre la disciplina como gobierno interior, ahora toca mirar hacia fuera. Hacia las cosas. Hacia todo lo que compramos, acumulamos, deseamos, protegemos, enseñamos y, a veces, confundimos con nuestra propia identidad.
Casi siempre, todo aquello que no necesitamos realmente pero que el mundo nos dice que sí.

Antes de seguir, solo recordar que la serie de artículos sobre autarquía personal se compone de los siguientes textos:


¿De qué hablaremos en este artículo?

Austeridad no es miseria.

La austeridad no va de vivir mal, ni de presumir de pobreza, ni de convertir la vida en una competición absurda por ver quién necesita menos. Va de otra cosa bastante más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda: aprender a distinguir lo necesario de lo prescindible.

Conviene dejar claro desde un principio que ser austero no significa ser tacaño, agarrado, triste, cutre o miserable (por si ya te habían venido a la mente algunos de estos adjetivos para mi persona). Tampoco significa rechazar todo lo material, ni vivir rodeado de paredes blancas, una silla incómoda y tres garbanzos contados en un plato...que también podría, pero no es el caso.

La austeridad, al menos como yo la entiendo, es saber diferenciar qué es lo que merece ocupar espacio en tu vida y qué no. Diferenciar lo que compras porque lo necesitas realmente o porque alguien ha diseñado muy bien un anuncio o un escaparate para que piques.

Austeridad es ser capaz de vivir con lo justo que necesitas y no con lo que alguien te diga que necesitas. En tus necesidades mandas tú.

Lo suficiente, el límite interior al deseo.

Para mí, hay una palabra que representa por sí sola el núcleo del pensamiento sobre la austeridad. Esta palabra es suficiente. Llevo muchos años dándole vueltas. Muchísimo tiempo con ganas de escribir un artículo solo para ella. Hoy, no será un artículo dedicado pero sí será el centro de todo lo que escriba.

A lo largo de mi vida asocié la palabra suficiente con poca cosa, con algo casi negativo. Creo que esta idea mía, y de la mayoría, nos viene desde pequeños, desde que en el colegio las notas eran insuficiente (malo), suficiente (casi malo), bien (aceptable), notable (bueno) y sobresaliente (muy bueno).
Piensa en el significado de suficiente en este contexto. A pesar de estar en la parte positiva de aprobar una asignatura, suficiente como concepto es algo negativo ya que ocupa el último puesto de los ganadores. El concepto suficiente acaba transmitiendo la idea de que todavía falta mucho, de que siempre podría haber sido mucho más. Suficiente, muchas veces, también generaba vergüenza.

Lo anterior, deja una huella interior enorme porque, ¿qué ocurre cuando ese concepto de suficiente ha calado tanto en nuestra forma de pensar que lo llevamos al resto de nuestra vida personal y profesional? Si desde pequeños aprendimos que suficiente era aprobar por los pelos, que suficiente era quedarse corto y que suficiente era "podías haber dado más", quizá por eso, ahora, cuando somos adultos, tampoco queremos que nada sea suficiente: ni el sueldo, ni la casa, ni el coche, ni la ropa, ni el bolso, ni el teléfono móvil, ni el reconocimiento, etc.

Hemos caído en la trampa de pensar que suficiente es mediocre o conformista, cuando realmente significa lo adecuado, lo justo y necesario.

Suficiente no significa resignarse, significa haber alcanzado el punto en el que seguir acumulando deja de aportar valor. La austeridad comienza también en el punto en el que somos capaces de reconocer cuando algo es suficiente, cuando no necesitamos más y estamos satisfechos.
Hay una enorme diferencia entre que algo tenga un límite y ser capaz de reconocerlo. El límite existe aunque nosotros no queramos verlo. La austeridad consiste precisamente en educar el criterio para saber cuándo hemos llegado a cubrir nuestras necesidades para no dejarte llevar por la avaricia de coger, llenar, obtener, extraer, etc.

Por eso, practicar la austeridad también significa reconocer lo suficiente sabiendo poner un límite voluntario al deseo. Una vez reconocido, de repente, desaparece la sensación permanente de que te falta algo.

Lo esencial, el límite exterior a la posesión.

Lo esencial no consiste en tener pocas cosas, ni en convertir la vida en una competición minimalista para ver quién vive con menos. Consiste en saber distinguir qué merece estar cerca de nosotros y qué no lo merece, ocupando simplemente un espacio, tanto físico como mental.

La mayoría de los objetos que nos rodean tienen poco o ningún significado real para nosotros. Están ahí porque un día los compramos, porque nos los regalaron, porque pensamos que quizá algún día podrían servirnos o porque nunca nos hemos parado a cuestionar su presencia. Una vida llena de objetos sin sentido acaba generando una especie de ruido contínuo, cansino y abrumador con el paso del tiempo.

Cada objeto que entra en nuestra vida trae consigo una pequeña deuda de atención. Hay que colocarlo, limpiarlo, guardarlo, protegerlo, moverlo o, como mínimo, verlo todos o casi todos los días. Lo material no solo ocupa sitio en las estanterías. También ocupa sitio en la cabeza.
Por eso, una vida se debería centrar mucho más en lo que realmente tiene valor y, a su vez, eliminar lo trivial y todo aquello que carezca de importancia real.

Eliminar lo innecesario no es solo una cuestión de orden. También es una forma de sinceridad y reflexión interna. Nos obliga a preguntarnos por qué compramos lo que compramos, por qué acumulamos, por qué nos cuesta tanto soltar ciertas cosas y qué intentamos compensar cuando nos rodeamos de más de lo necesario.

Además, ordenar el exterior también puede ayudar a ordenar el interior. No porque tirar cuatro camisetas vaya a resolver todos los problemas de la existencia, que ojalá fuera tan fácil, sino porque el entorno influye. Lo esencial no es lo mínimo: es lo que queda cuando eliminas lo que no importa y permites el paso y la atención a lo que sí importa.

Menos dependencia, más libertad.

Necesitar menos te hace menos dependiente. Cuanto menos necesitas para estar en paz, menos poder tiene el mundo sobre ti. Menos miedo tienes a perder, menos ansiedad te genera no llegar a lo que las convenciones sociales te dictan que tienes que conseguir y menos esclavo eres de mantener una imagen que quizá ni siquiera has elegido tú.

La austeridad tiene mucho que ver con silenciar el ruido que produce el exceso de lo material. No porque las cosas sean malas, sino porque demasiadas cosas acaban pidiendo demasiado de nosotros: dinero, tiempo, atención, mantenimiento, comparación y preocupación. Cada posesión importante trae consigo una pequeña responsabilidad, y demasiadas responsabilidades pequeñas terminan formando una carga mental bastante grande y agobiante.

Por eso, vivir con menos dependencia material no significa vivir peor. Significa vivir con más margen para decidir, para moverte, para cambiar de rumbo, para resistir mejor una mala época o para no tener que aceptar cualquier cosa solo por sostener un nivel de vida que quizá se volvió demasiado pesado.

La libertad no consiste en no necesitar nada, sino en necesitar lo justo. En saber que, incluso si todo falla y no consigues lo suficiente, sigues teniendo una base interior desde la que sostenerte. La austeridad no es algo que solo trate cuestiones económicas, también es un valor personal que nos puede aportar mucha fortaleza interior.

Lo que me interesa de ti es lo que no puedes comprar.

Esta forma de pensar me lleva también a algo muy concreto: jamás evalúo a una persona por sus posesiones físicas. Me dan exactamente igual. No me impresiona lo que alguien tiene, sino lo que alguien es capaz de construir con su esfuerzo, su conocimiento, su habilidad o su forma de estar en el mundo.

Me interesan las personas, no el escaparate que las rodea. Y si alguna posesión llega a interesarme, no es por la posesión en sí, sino por la historia que puede haber detrás. Por el trabajo que la hizo posible. Por el oficio y sacrificio. Por la constancia. Por la inteligencia. Por la profesionalidad. Por el mérito personal que pueda representar.

Una cosa comprada no dice demasiado. Una cosa merecida quizá diga mucho más. Lo importante no es la cosa, sino la persona que hay detrás, lo propio, lo personal y lo que de ninguna manera es transferible. Eso es lo que me interesa de ti, no lo que tienes, sino lo que nadie más que tú puede tener y que de alguna manera te define, diferencia y no puedes comprar.

Por eso, la austeridad también me ayuda a mirar mejor a los demás. Me obliga a apartar el ruido que genera lo material y a fijarme únicamente en lo que realmente importa: el carácter, el esfuerzo, la dignidad, la bondad, la coherencia, etc., valores personales que representan a una persona. Todo eso que, precisamente, no se puede comprar.


Muchas gracias por leerme.

¡Chimpún!


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